Hace mucho tiempo, un campesino llamado Juan viajó del campo a la ciudad para visitar una feria de ganado. Le habían dicho que allí podría comprar un burro por 2.000 pesetas, con el que reemplazaría al buen Pablito, que acababa de morir después de prestarle excelentes servicios durante años.
De regreso de la feria, mientras caminaba llevando al nuevo cuadrúpedo cogido por el ronzal, se encontró con su amigo Miguel, al que comentó:
—Tuve 4.000 pesetas, de las que planeé gastar 2.000 en el burro y 2.000 para otras cosas pero al final he gastado 4.000 en el burro y en lo que este necesita.
—Ah, pero ¿el burro no tenía un precio de 2.000 pesetas?
—comentó Miguel.
—Sí, el burro sí, pero el vendedor me ha dicho que, ya que me lo quedaba, por lo menos debía comprarle unas alforjas.
Un burro sin alforjas no vale nada.
¿Cómo va a transportar la carga?
—Me parece lógico —apuntó Miguel.
—A mí también
—asintió Juan.
—Por eso las compré. Me costaron 500 pesetas más; y después el vendedor me ha hecho ver que también necesitaría un ronzal para llevarlo, una silla para montarlo, un saco de pienso para darle de comer, unas campanillas para adornarlo en los días de fiesta…
¿Y tú? ¿Qué quieres ser? ¿Un vendedor de burros para compradores de burros o un vendedor de alforjas para compradores de burros?


